Robo a las tres

Todavía recuerdo aquella mañana de otoño en un Madrid cubierto por un color ceniza y el espesor de la bruma matutina. Las hojas cobrizas caían de las copas de los árboles y las aceras de las calles se habían protegido por cientos de ellas, creando un espectáculo de colores que realmente me entusiasmaba.

Los fines de semana mis abuelos solían llevarme de excursión a lugares singulares y me contaban la historia de España a modo de fábula para que siempre la retuviese en mi memoria. Podíamos ver los Toros de Guisando o visitar los búnkeres de la guerra civil española, e incluso había sábados que íbamos al Escorial o al Palacio de Aranjuez. Mi abuela era profesora de historia en el instituto y yo siempre la escuchaba como su mejor alumna.

El despertar de ese domingo fue tan temprano que el primer pensamiento que cruzó mi mente fue que el destino estaría lejos del bullicio de Madrid. Sin embargo, en lugar de coger el coche caminamos hasta la estación y nos subimos a un tren que nos acercó a Atocha.

En el trayecto descubrí que me querían enseñar el museo Reina Sofía. No era la primera vez que me perdía entre las pinturas de Picasso, Dalí, Miró o Magritte, pero por algún motivo especial, es la ocasión que mejor conservo en mi memoria.

Por espacio de dos horas deambulé por aquel laberinto de arte agarrada de la mano de mi abuela. Unos guantes de cuero cubrían sus manos, mientras que un bolso que siempre llevaba abierto colgaba de una de las mangas de su abrigo de visón. Recuerdo que la gente que caminaba a nuestro alrededor se volteaba y admiraba su estilo. Mi abuelo, quien me acompañaba a mi otro lado, era el encargado de guiar la visita. Yo sólo tenía ocho años y no lograba comprender del todo el arte moderno, pero él siempre conseguía que me ilusionara con cada obra. Me explicaba todo aquello que las envolvía, cada detalle o cada anécdota que estuviera relacionada con ella o su pintor. Mi abuelo, inspirado en uno de sus filósofos favoritos siempre decía: “La juventud es el momento de estudiar la sabiduría mientras que la vejez es para practicarla”.

Salimos de aquel museo repleto de magia y paseamos por las calles cercanas al retiro. A la vuelta bajamos por la cuesta Moyano y nos detuvimos en cada uno de los puestos. Mientras mi abuelo ojeaba los libros de polvo, mi abuela me contaba un sin fin de historias. 

Llegó la hora de comer y nos acercamos a un restaurante de comida rápida que se encontraba junto a la estación. El barullo que había en su interior se contrastaba con la tranquilidad del paseo del Prado, pero teníamos tanta hambre que no nos importó. De pronto, nos vimos envueltos entre la multitud que nos presionaba contra el mostrador, y a pesar de ello, decidimos quedarnos porque sabíamos que seríamos los siguientes en ser atendidos. De repente, escuché a mi abuela gritar como nunca lo había hecho.

― ¡Mi monedero! ¡Mi monedero!

Sus ojos y los de todos los que se encontraban a nuestro al rededor se habían puesto sobre su bolso, del que había desaparecido lo más valioso que guardaba en su interior. Mi abuela, desesperada, comenzó a preguntar a todo el mundo si había visto algo. Nadie sabía nada. Llamó a la policía, quien llegó de inmediato. Sin embargo, los agentes tampoco sirvieron de ayuda, más que para tomar nuestros datos y disculparse por no conseguir nada.

Mi abuela, exasperada, comenzó a llorar. El monedero no sólo tenía valor monetario, sino que también era un recuerdo especial. Ella sospechó de cada uno de los clientes que se hallaban en el establecimiento, incluso llegó a sospechar de las camareras. Seguíamos siendo el centro de atención después del escándalo causado en aquel lugar y la gente repetía constantemente que no habían visto nada. Pero ¿cómo sabíamos que era cierto?

En aquel momento supimos que jamás recuperaríamos el monedero. Perdimos todas las esperanzas, así que decidimos salir del restaurante. Hacía frío en la calle por lo que mi abuela volvió a ponerse el abrigo de visón. Se colocó un brazo, y cuando fue a colocarse el segundo, el monedero salió disparado por la manga. En aquel instante recordó que no lo había guardado en el bolso, sino que su intención ―fallida― había sido la de meterlo en el bolsillo de su abrigo. Avergonzados por el alboroto que se había generado a causa de un despiste, nos fuimos lo más rápido posible hacia el tren que nos conducía de vuelta a casa.

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